Las cuestiones medioambientales y el presunto cambio climático están condicionando de forma creciente los procesos de toma de decisiones políticas y económicas, alterando las actuaciones de los agentes e incorporando nuevas restricciones a la actividad económica. Para analizarlo desde una perspectiva global es obligado emplear un enfoque multidisciplinar. El medio ambiente es un asunto que preocupa a todos los países, en la medida en que condiciona su desarrollo sostenible.
Así pues, es preciso compatibilizar el progreso económico con la conservación medioambiental, puesto que su degradación empobrece al planeta y merma su capacidad futura para generar riqueza y bienestar. No obstante, esta preocupación, que suele ser mayor en los países más desarrollados, puede tener el efecto perverso de limitar el crecimiento de los países en vías de desarrollo. Esta asimetría de incentivos dificulta el desarrollo de acuerdos e instituciones supranacionales que protejan el medio ambiente con una visión equilibrada y ponderada de los intereses contrapuestos en juego.
Para evitar estos problemas se deben potenciar acuerdos globales con objetivos claros y factibles en cuanto a su cumplimiento, teniendo en cuenta la especificidad de los diferentes países y articulando mecanismos compensatorios comerciales y financieros a los que más soporten los costes de protección medioambiental.- El desarrollo sostenible debe ser un equilibrio entre crecimiento económico, cohesión social y protección del medio ambiente. Si se incide en exceso en uno de los pilares, el modelo se puede quebrar.
La regulación medioambiental ha generado efectos perversos medidos por la desproporción entres sus logros y los costes introducidos al sistema económico. Y es que se suele caer en dos tipos de errores extremos: por un lado, los derivados de actuar de forma general y prescindir de las peculiaridades del entorno y de las empresas contaminantes; por el otro, la aplicación discrecional y arbitraria de las normas medioambientales para alterar el equilibrio competitivo del mercado, máxime cuando hay poderosos intereses económicos y electorales en juego. El deterioro del medio ambiente constituye un claro ejemplo de externalidad negativa, o deseconomía externa, que surge cuando la actividad desarrollada por un agente genera efectos sobre terceros que el mercado es incapaz de valorar, es decir, que no se reflejan en los precios. De forma adicional, la intervención del sector público se justifica por el hecho de que el medio ambiente puede ser considerado como un bien público puro, en cuyo caso el nivel e protección en exclusiva por el sector privado sería subóptimo.
La postura “oficial”, que justifica el Protocolo de Kyoto, defiende que existe una relación causal entre el efecto invernadero de origen antropogénico, causado por las crecientes emisiones de gases de efecto invernadero, y el incremento de la temperatura terrestre media.
Sin embargo, a lo largo de la vida del planeta se han sucedido de forma natural periodos de millones de años con temperaturas frías o muy frías (las cuatro grandes glaciaciones de la historia geológica), con largos periodos con temperaturas más cálidas (eras interglaciares). De hecho, se considera que la última glaciación acabó hace 10.000 años y que en la actualidad estaríamos en un periodo interglaciar. Además, dentro de cada era glaciar o interglaciar se han producido también importantes oscilaciones de las temperaturas, más altas entre los siglos XI y XIV y más bajas en los siglos XVI y XVII. Por tanto, las temperaturas y el clima terrestre no han sido constantes a lo largo de la historia mucho antes de que la humanidad existiera.
Centrándonos en el último siglo y medio se ha producido un aumento de la misma de alrededor de 0,61 ºC, registrándose la mitad de este aumento en el periodo 1920-1944, y la otra mitad desde 1977 hasta 2001. Desde 1945 y 1976, las temperaturas se mantuvieron relativamente constantes e incluso sufrieron un leve descenso. Mientras que el incremento más reciente podría explicarse por los gases de efecto invernadero, su evolución para los periodos 1920-1944 y 1945-1976 es bastante más difícil de explicar por esta variable. En el periodo 1920-1944 parece claro que el aumento de la temperatura no está relacionado con causas antropogénicas, o por lo menos, con los gases de efecto invernadero, ya que su nivel de emisiones era escaso. Tampoco es fácil explicar lo ocurrido entre 1945 y 1976, ya que las emisiones comencaron a crecer de forma considerable tras la Segunda Guerra Mundial.
La determinación de los costes y de los beneficios del calentamiento global a escala mundial también es cuna cuestión controvertida, no sólo por las importantes incertidumbres sobre el presunto cambio climático, sino porque la subjetividad inherente a una evaluación económica de este tipo es amplificada por la magnitud de la tarea, que tienen que enfrentarse con los efectos de multitud de variables en entornos geográficos muy diferentes y sin apenas bibliografía de referencia, dada la novedad de la materia. Lo que sí está claro es que las ofertas políticas contra el cambio climático y las propuestas de solución se tratan de medidas claras de “Public Choice”, según Buchanan, es decir, que consiguen votos y además, “curiosamente”, las soluciones suelen representar una clara merma de su libertad individual.
Juan Iranzo